Raúl Moarquech Ferrera-Balanquet
[Dedico este texto a la memoria de Tomás Fernández Robaina, a Mérida, mi maestra de historia de 9no grado en la secundaria Combatientes de América y a El Cerro, mi lugar de nacimiento que aún, gracias a la memoria ancestral palenquera cimarrona, sigue teniendo La Llave]

Leer la narrativa y la ensayística de Alberto Abreu Arcia es una sanación, un tsáak decolonial,[1] una cura en fuga travesía a lo profundo del subconsciente como si sus palabras, imaginarios y construcciones críticas promulgaran la metodología fanoniana de performancear unx misme, ese viaje interior hacia el inconsciente personal y colectivo, en el cual se desmantela la maquinaria opresora sistemática de la matriz moderna colonial. Enuncio mi subjetividad como fuerza lectora, interpretativa y discursiva, pues es esa subjetividad testimonial la que se define como testigo del poder emancipador que ejerce la obra de Abreu Arcia sobre mis respuestas sentipensantes. Ambos compartimos la lucha por el reconocimiento de la presencia afrocubana y su memoria ancestral con la lucha, la emancipación sexo diversa de los patrones heteronormativos patriarcales y la sistemática exclusión heredada de la colonial.
Argumento que a pesar de la ruptura exílica provocada por la ideología racista patriarcal cubana durante los hechos del Mariel ocurridos en 1980, Abreu Arcia y este sujeto enunciador comparten procesos históricos, aprendizajes, habilidades artísticas y preocupaciones etnoculturales antirracistas que se reflejan en nuestros proyectos, experiencia de vida y activismo social. He aquí la base de nuestra mutua admiración y respeto.
La lectura crítica de La Noche es Testigo (2025), novela del intelectual cubano publicado por la Editorial Ilíada con sede en Berlín, Alemania, ubica mi discurso en la encrucijada donde interceptan el performance de la escritura—Diamante Negro, personaje principal, se encuentra en el proceso de escribir una novela que sido comisionada por un editor argentino y el texto entreteje su vida con fragmentos del manuscrito—con la crítica la colonialidad del poder, la decolonialidad del erotismo afro descendiente y la travesía rescate de la memoria ancestral—Ma Fermina, la abuela de Diamante Negro, simboliza la espiritualidad afrocubana con su conexión Yorubá-Lucumí-Konga y la puerta giratoria que permite acceder a un relato transhistórico transmoderno.
Desmonto la objetividad cartesiana—construida por la modernidad y asimilada por el poder y la intelectualidad blanca cubana durante los años de la colonia que, hasta hoy en día, síntoma de la colonialidad del poder, padecen las instituciones e ideologías eurocéntricas importadas por el estado/nación como es el marxismo y gran parte de la teoría crítica literaria occidental.
Desde el uso del término testigo en el título de novela reconocemos un eco histórico con la voz enunciadora cimarrona de Esteban Montejo, a quien, por maquinaciones racistas burguesas de la ilustración moderna, no se le ha dado su lugar como autor testimonial, ni se ha discutido la apropiación cultural de su voz, su experiencia y memoria ancestral por la intelectualidad blanca. La noche, ese momento idílico en que el planeta Tierra vuelca su espalda a Orula, el sol, puede ser entendido como la negritud navegando una multi-geometría ambiental, la cual, al ser testigo, se ubica en la literatura testimonial afrocubana cuyas coordenadas ancestrales quedaron como archivo histórico de la experiencia y de la compleja aceptación de la diversidad sexual en las comunidades afrocubanas cuando fueron cartografiadas por Esteban Montejo: “Otros hacían el sexo entre ellos y no querían saibor nada de las mujeres. Esa era su vida: la sodomía. Lavaban la ropa y si tenían algún marido también le cocinaban. Eran buenos trabajadores y se ocupaban de sembrar conucos. Les daban los frutos a sus maridos para que los vendieran a los guajiros” (Esteban Montejo, 1977, pág. 31).[2] En La Noche es Testigo (2025), la inserción del espíritu del poeta criollo negro Juan Francisco Manzano, gracias a Ma Fermina, junto al eco del testimonio de Estaban Montejo, constituye una memoria ancestral negra maricona cubana que fundamenta la labor emancipadora de la literatura y ensayística de Abreu Arcia.
En su libro de ensayo Por una Cuba Negra. Literatura, raza у modernidad en el siglo XIX (2017), Abreu Arcia reconfigura los efectos del racismo sistemático al señalar como el “miedo cubano a convertirse en Haití” sustenta el emblanquecimiento de la nación moderna eurocéntrica durante la colonial y que continúa como la cara oculta del poder político. Abreu escribe: “el término blanquitud, va más allá de aspectos como: la raza del colonizador, los rangos, roles y lugares privilegiados en las estructuras de la colonialidad como nuevo patrón de poder mundial, dicha noción también abarca las nuevas tecnologías de dominación, el conjunto de sus estructuras cognitivas, culturales y la configuración de un universo de relaciones intersubjetivas, cuya trayectoria tuvo, para el colonizado, su culminación en Europa” (Abreu Arcia 2017, 49).

El miedo a lo “Negro” puede ser la razón por la cual el poder criollo blanco patriarcal, en 1960, asumió ideologías eurocéntricas como el marxismo iluminista del siglo XIX y el leninismo ruso imperial de principios del siglo XX cuando ya se había fundado el movimiento de la Negritud; Franz Fanon, un afro caribeño, había escritos sus tratados antirracistas; la creación del Movimiento de los Países No Alineados se realizó en la Conferencia de Bandung, Indonesia en 1955 y el Primer Congreso de Artistas y Escritores Negros tuvo lugar el París en 1956.
En Cuba, después de 1959. el miedo al negro de la colonial, se combinó con el miedo al maricón, para resultar en el miedo al maricón y la trans negra que encarna Diamante Negro, un maricón trans político escritora negra. Durante las décadas de 1960 y 1970, la represión hacia la espiritualidad afro cubana—considerada negativa, vulgar y contraria a los lineamientos ideológicos—se ejerce también contra las sexualidades diversas, demostrado que la “igualdad” es solo una retórica discursiva que enmascara el simulacro burgués de la clase criolla blanca que se apropia del poder.[3] Desde el poder patriarcal racista es absurdo entender el reclamo de estas comunidades cuyas luchas hacen notar que la problemática socioeconómica y racial de la nación no ha podido despojarse de la ideología colonial y por consiguiente, de las fallas estructurales y desigualdades sociales.
La Noche es Testigo (2025) realiza una radiografía histórico-social que contextualiza la experiencia racial y transfóbica en relación con la ideología patriarcal de la nación y ubica a esta relación en un marco institucional cuya frontera—Los Mangos—recrea una locación translocal en donde se efectúa el giro epistémico y se desenvuelve la trama. Notemos que La Casona, ahora está arruinada, pero fue la residencia de una familia hacendada durante la colonia. Que ahora esté apuntalada y a punto de derruir permite imaginar a la población como sostén de las dinámicas sociales. Los Mangos, al contrastar con Ciudad Barroca, obliga a lxs lectores a realizar una elipse temporal hacia el tiempo de la colonia y reafirmar el significado de un “barrio negro”.
Abreu Arcia transfiere la geopolítica del conocimiento a un territorio extramuros de la Ciudad Letrada—Ciudad Barroca—, a Los Mangos, cuya realidad social concuerda con un presente experiencial ciudadano compartido por todes y en donde, más allá de construir un locus letrado eurocéntrico, edifica una transhistoria que evidencia la sistemática marginación de la población negra y sexo diversa cubana. A pesar de las vejaciones sufridas, secuestros forzados, explotación laboral y sexual, asimilación y rechazo que experimentan desde la colonia, estas comunidades son obligada a vivir en locaciones semiderruidas, Y, muy a pesar de estas situaciones críticas, dentro de este escenario en destrucción, estas comunidades reclaman su pertenencia ancestral, las formas de vivir en relación con la naturaleza y las condiciones sociopolítica impuestas.
Darle el poder de la escritura a una escritora trans negra cubana localiza la transfobia en el panóptico patriarcal opresivo, la cual, al interceptar con el racismo, posiciona a esta comunidad entre las más afectadas. La novela hace que su discurso trascienda la cronología euclidiana y denote una memoria ancestral trans negra multi-geométrica. Una geometría cuyos signos visuales: letras rectas y letras cursivas grafican las múltiples fugas narrativas y sus bifurcaciones—el texto en letras rectas utilizas modos de discurso como el relato, el testimonio, el diario y otros como la meditación kafkiana en la voz de una hormiga—que nos acercan más a la geometría cósmica presente en los imaginarios afrodescendientes.[4] Notemos cómo el texto interpola otras voces para crear otras geometrías, fugas, niveles y perspectivas que conforman una globalidad cósmica a la narración. En el capítulo cinco, a través de Ma Fermina se inscribe la voz del poeta negro Juan Francisco Manzano y en el capítulo doce, una hormiga focaliza la narración. La forma de diario empleada en el capítulo dieciséis y el formato de guion en el diecinueve amplían la multi-geometría discursiva. Esta diversidad de discursos refleja la importancia de una memoria colectiva ancestral en la novela de Abreu Arcia.
El colectivo de maricones cultos nombrado Las Apalencadas crea una continuidad con la lucha palenquera cimarrona y con sistemas de saber no eurocéntricos.[5] La construcción de un cuerpo colectivo como Las Apalencadas resalta la escritura decolonial de Abreu Arcia al hacer una presencia colectiva política maricona capaz de convocar a manifestaciones para denunciar la falta de derechos civiles. Las Apalencadas transfiere el hilo cartesiano patriarcal del canon literario cubano hacia un grupo de sujetxs cuyas presencias y voces promulgan una conciencia histórica colectiva más cercana a la experiencia física y la realidad social que asume la memoria colectiva forjada en la lucha anticolonial y antirracista durante la colonia y que desmonta la verticalidad del poder patriarcal instalado en el archipiélago desde 1959.
La acción de escribir, reflexiva en el imaginario de Diamante Negro, le convierte en una pitonisa oráculo y visionaria de la memoria ancestral, quien se desdobla en la acción performática de escribir, cuando Abreu Arcia, a través de Diamante Negro, encarna esa doble consciencia de cual el intelectual afro americano W.E.B. Du Boius nos alertó en su libro de 1903, The Souls of the Black Folk. La escritura extiende su geografía continental y su lucha por los derechos civiles cuando el texto anuncia: “Fue como si el espíritu de Bayad Rusty y de todos los negros maricones me susurraran al oído” (pág. 12). Aquí el texto—españolizando el nombre del activista político gay afroamericano que organizó la marcha en Washington DC de 1963 en la cual Martin Luther King pronunció la famosa frase I have a Dream—realiza otro giro epistémico decolonial, enmarcando la lucha antirracista y anti transfóbica de Diamante Negro, dentro de una memoria política negra que ya ha formado alianzas dentro de sus comunidades.

La experiencia fronteriza de residir extramuros de la Cuidad Barroca también implica un pensamiento fronterizo a la Gloria Anzaldúa que le ofrece a Diamante Negro el poder de habitar espacios múltiples—la escritora ha transcendido las fronteras con los premios literarios obtenidos y el contrato editorial que ha asumido para terminar la novela. En el capítulo diez el performance de la escritura retoma la acción de andar y la relaciona con otras ciudades y escritores maricones políticos como Severo Sarduy, Joyce, Pasolini, Néstor Perlongher y Pedro Lemebel.
Proclamar la acción de escribir como una necesidad del ser trans negro identifica a una subjetivad que ya no le tiene miedo al poder ficticio de la blanquitud heteronormativa, ni a la trans-homofobia de su padre. Diamante Negro escribe, desde su locación enunciadora, la experiencia de la carne como argumenta Cherri Moraga. Abreu Arcia, al performancear Diamante Negro a través de la escritura, interrumpe el canon literario blanco cubano realizando una acción social decolonial. Abreu Arcia sitúa a un sujeto trans negro enunciador que logra escribir su testimonio desde un sentipensar muy disímil de los parámetros occidental imitados por la intelectualidad cubana emblanquecida. Al darle vida a una trans negra escritora, la novela fractura la colonialidad y cambia la geopolítica del saber literario hacia una locación conectada a la memoria ancestral africana—encarnada por Ma Fermina, la abuela.
La escritura como performance y experiencia se afirma desde el capítulo dos que comienza con la verbalización de la acción “caminar”, la cual se convierte en metáfora del performance de la escritura. “¿Qué vínculos existían entre la escritura y esta relación tan secreta que mantenía con la ciudad y la noche?” (pág. 17) enuncia una tercera voz que aparenta ser la de Diamante Negro, la cual, párrafos después, vuelve a cuestionar: “¿Se vive para escribir o para dejarse arrastrar por el deseo de la carne: su pulsión, su hechizo?” (pág. 22). Pero no es hasta el capítulo cinco cuando la trama nos revela el vínculo historia-memoria ancestral negra intelectual cubana al traer, gracias a la abuela Ma. Fermina, el espíritu de Francisco Manzano porque una de las chicas trans, La Teatrista, como si fuera una antropóloga blanca colonialista, anda detrás de unos documentos escritos por Manzano que están perdidos
No quiero privilegiar a la memoria ancestral y la cultura afro cubana sobre la diversidad étnica que conforma la población del archipiélago. Solo trato de apuntar como la novela de Abreu Arcia recrea la historia y el poder colonial desde un sitio ubicado fuera del canon literario cubano para reflejar un presente atado a prácticas sistemáticas coloniales en el cual se mantiene las estructuras opresivas: racismo, heterosexismo patriarcal, homofobia, transfobia… En La Noche es Testigo (2025) el poder patriarcal es representado por el alcalde de Los Mangos, Héctor Domínguez quien como expresa Diamante Negro: “la vida para los maricones se volvió un infierno” (pág, 23). Domínguez comanda la policía, la estación y el sistema jurídico.
Enunciar los diferentes tiempos históricos también logra interrumpir la linealidad euclidiana temporal cuando se transforma en el acto decolonial de re-recordar. A través de la puesta en escena de La Casona—casa de hacendados azucareros durante la colonia y ahora convertida en un lugar de encuentro para hombres que desean a otros hombres—, Abreu Arcia logra transformar el escenario colonial en un lugar subversivo social que no deja de ser oprimido por la colonialidad del actual poder.
La Noche es Testigo (2025) construye una memoria ancestral erótica decolonial que logra desmembrar los mecanismos de la matriz moderna colonial y, simultáneamente, sentipiensar la memoria negra cubana desde una experiencia corposensorial que crítica el racismo, la homofobia y la transfobia sistemática desde su formación en la época colonial. Las Apalencadas, Diamante Negro y las chicas trans rompen los estereotipos racistas hipersexuales para enaltecer una espiritualidad erótica heredada de les ancestres Orishas cuya diversidad sexual difiere del binarismo euro-cristiano patriarcal. La novela crítica la violencia patriarcal—notemos al personaje ÉL quien encarna a un padre negro violento y transfóbico que nos recuerda las alianzas patriarcales heteronormativas conjuradas durante la colonial para marginar a las mujeres y sexualidades diversas que ayudó mantener la estructura de poder blanca euro-cristiana. “La machanguería es tan frágil que continuamente tiene que estar reinventándose” (pág, 13) expresa Diamante Negro para demostrar como el poder patriarcal instalado desde la colonia se renovó bajo la máscara de la igualdad social y ahora es regulado por el alcalde Héctor Domínguez y su sistema de vigilancia.
Al leer como Diamante Negro enuncia que “no le gusta la tortilla” (pág. 11) reflexiono como se ha internalizado el patriarcado hacia dentro de las comunidades sexo diversas. Tortillera es un sustantivo asociado con mujeres lesbianas y también con un estereotipo colonial que implica la ausencia del falo y la penetración. A pesar de toda su capacidad emancipatoria como sujeto trans, Diamante Negro se define eróticamente a través de la penetración que ejerce sobre otros sujetos masculinos y que se ejerce sobre elle. Categorizar a hombres cuyo erotismo se enuncia con una relación horizontal como “tortilleras” es reinscribir la colonialidad erótica sobre cuerpos masculinos que han logrado romper el binarismo patriarcal y, al feminizar sus prácticas, resalta una posición sexista.
Otra instancia del racismo internalizado es relatada en el primer capítulo cuando La Malve invita a Diamante Negro al antro gay King Bar y no se le permite entrar por ser negras. Está práctica excluyente no solo se realiza en Cuba. Existen evidencias de este racismo en comunidades gais de varios países. Como también existe una transfobia desmedida entre grupos de hombres gais quienes han asumido el estereotipo de una apariencia masculina a lo Tom de Finlandia musculosa como performance representacional de la comunidad.
Abreu Arcia escribe desde el interior de una subjetividad encarnada en la experiencia de una serie de sujetxs enunciantes cuyas voces otras logran cartografiar una genealogía de la colonialidad erótica y sus subsecuentes efectos en una nación empobrecida. La Noche es Testigo (2025) nos solo es un drama personal y colectivo, sino también el testimonio de un presente derruido y de ideologías coloniales que perduran sistemáticamente disfrazadas de una retórica moderna iluminista eurocéntrica que no logra mirarse hacia el interior y realizar esa cura decolonial que nos recetó Frantz Fanon.
Bibliografía
Abreu Arcia, Alberto. Por una Cuba Negra. Literatura, raza у modernidad en el siglo XIX. Hypermedia Ediciones, 2017.
Ferrera-Balanquet, Raúl Moarquech. “Ts’aak (sanar) Erótico Decolonial”, en Andar Erótico Decolonial, Buenos Aires – Argentina: Ediciones del Signo. 2015. Montejo, Esteban. Testimonio transcrito por Miguel Barnet en Biografía de un Cimarron. Buenos Aires: Centro Editor de América
[1] La sanación, el ts’aak decolonial es un proceso no tangible y no comprendido por la lógica lineal heteronormativa cristiana moderna/colonial que ignora la relación sentipensante cosmos-espíritu tan importante en nuestras comunidades para alcanzar el buen vivir y las formas otras con las cuales sanamos/desenganchamos de la matriz colonial (Ferrera-Balanquet, 2015)
[2] Aquí intento resaltar la autoría de las palabras de Esteban Montejo que fueron transcritas por Miguel Barnet en Biografía de un Cimarrón (1997).
[3] El Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura —abril de 1971—proclamó en su declaración polémicas racistas y homofóbicas que marcaron las represiones más y dolorosas de la historia artística y literaria de Cuba.
[4] En el capítulo dos, página 20, se mezclan los dos tipos de tipografías para denotar la intertextualidad metaficticia que existe entre la novela (letras rectas) y la novela comisionada por el editor argentino, la cual escribe Diamante Negro.
[5] La Goyesca, una de Las Apalencadas, nos recuerda al intelectual y activista antirracista Tomás Fernández Robiana quien fuera bautizado por Reinaldo Arenas en uno de sus textos con ese apodo.
Tomado de https://vimeo.com/1207447260?share=copy&fl=sv&fe=ci