Elogio de La noche es testigo

Por Alexander Hall Lujardo

La noche es testigo, novela del escritor cardenense Alberto Abreu Arcia, constituye una pieza narrativa excepcional, cuya saga enriquece la producción del campo literario cubano, a partir de las singularidades que distinguen su exégesis y problemáticas expuestas, en franco diálogo con los imaginarios, realidades y conflictos de una época posrevolucionaria.

Abelardo, protagonista de la obra, es representado por la figura de un hombre negro situado en el espectro transgénero, desde el cual subvierte los rígidos patrones de un modelo de masculinidad, impuesto por los moldes heterosexuados, machistas y cis-normativos, que durante décadas distinguieron el orden cultural de relacionamiento hegemónico, bajo los estandartes del socialismo soviético predominante en la Isla.

Desde esas configuraciones, Diamante Negro, como también le apodan en el circuito sexodisidente en que desarrolla sus actividades eróticas y afectivas con la complicidad de la noche, transgrede los códigos de la uniformidad monolítica que suele caracterizar el discurso político de la masividad, bajo los mandamientos de un modelo enfocado en el cumplimiento de indicadores productivistas, industriales y disciplinarios, como cualidades simbólicas de su funcionamiento exitoso.

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Detrás de ello, intelectuales críticos desde espacios de enunciación alternativos, advirtieron sobre los riesgos de la deshumanización, los peligros de la correccionalidad sobre los cuerpos ante sus anhelos de realización y las restricciones al despliegue individual de las plenitudes, ante la persistencia de patrones de represión violentos, convertidos en manifestaciones de una práctica política institucionalizada, bajo un paradigma social que proclamaba la defensa de las libertades para los excluidos por el régimen del capital.

Esta praxis criminalizante de la estética alejada de los moldes de la parametrización, concebida por los estrechos límites conceptuales de la dirigencia política oficial, derivó en sus versiones más irracionales en la concentración de miles de personas en campos de trabajo forzado, en no pocos casos sin la existencia de sustento jurídico alguno. Igualmente, fueron impuestas prácticas normativizadas por las corrientes psicológicas, antropológicas y filosóficas al uso, imbuidas por un proceder alineado a fundamentos obsesionados con la perfectibilidad del ser humano, especialmente en la ideación de una virilidad impoluta en el constructo moderno-colonial de la masculinidad.

Consciente de esos aspectos, La noche es testigo refleja las conflictividades y tensiones que en torno a la temática se produce en la Isla, al evidenciar las prácticas de resistencia urbanas y estrategias de persecución del placer, ante el disciplinamiento y securitización moralizante en las formas plurales de entender la sexualidad, solo viables en los entornos periféricos de la geo-espacialidad formalizada en el orden de relaciones sociales existentes.

Desde esa perspectiva, la novela aborda igualmente el dilema de la justicia racial, a partir de la admirable insistencia del personaje protagónico en establecer una investigación hermenéutica ―incomprensible para los coterráneos de Abelardo―, enfocada en rescatar los pasajes perdidos de una obra literaria en la que figuran personalidades eminentes de la historia cubana, como es el caso del poeta negro ex-esclavizado Juan Francisco Manzano.

Los juegos intertextuales de Alberto Abreu Arcia al insertar en la trama dicho conflicto, le añaden una densificación intelectual que puede resultar ininteligible a la percepción de lectores no acuciosos. Sin embargo, ello evidencia el puente de conectividad que relega al olvido y la marginación, los relatos y anecdotario de saberes que forman parte integrante de la memoria de los negros y mestizos en Cuba, condenados por su condición racial, clase social u otros constructos inferiorizantes, a los sitiales de exclusión que sostienen el canon discursivo de la nacionalidad.

Al acercarse a los ámbitos de socialización reales que caracterizan la nocturnidad habanera, La noche es testigo se convierte en una obra denunciativa de las manifestaciones de clasismo y elitismo al interior de la población LGBTIQ+. Es el caso ejemplificador que ocupa en la trama el King Bar, que a pesar de exhibirse como un espacio de recreación inclusivo para personas sexo-género disidentes, resulta en realidad un negocio mercantilizador del imaginario político de la diversidad, con fines de lucro y rentabilidad monetaria, de matiz excluyente para quienes no pueden costear tan elevados niveles de consumo.

Este hecho que expone las tensiones económicas y de clase de las personas disidentes sexuales y de género, evidencia las complejidades de asumir el rótulo de «comunidad» para definir a las identidades LGBTIQ+, debido a las abismales diferencias que separan intereses e idearios, al punto de establecer una barrera infranqueable entre una proporción considerable de sus miembros, dada la ausencia de un proyecto común o estrategia colectiva, dirigida a compartir un modelo societal desde condiciones de equidad, igualdad y justicia. Sobre estas problemáticas Alberto Abreu Arcia ha reflexionado desde su condición de ensayista e intelectual, incorporándola con sutileza en su novela, desde un lugar que invita al pensamiento crítico, al mismo tiempo que señala las falencias de este sector, con potencialidades de erigirse en composición política disruptiva, debido a las fortalezas de su tradición de resistencia polisémica, para enfrentar las determinaciones de la estructura social dominante.

Por último, es preciso afirmar que La noche es testigo resulta una pieza literaria separada de las elaboraciones cosificadoras, hiper-sexualizantes y estereotipadas del «realismo sucio», para adentrarse en las cosmovisiones estéticas que apelan al recurso de la ficción, como herramienta del afuera y sus múltiples universos configurativos. Es una apuesta dignificadora del sujeto negro, como realizador integral de sus libertades, al materializar desde los márgenes una demostración de su felicidad, a pesar de las barreras estructurales del poder y los prejuicios culturales de la sociedad.

Publicado por afromodernidad

Intelectual afrocubano, activista contra la homofobia y la discriminación racial. En el 2007 obtuvo el premio Casa de las Américas en ensayo artístico literario por su libro Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Ha publicado otros libros como: El gran mundo (cuentos), Virgilio Piñera. Un hombre una Isla (Premio UNEAC de ensayo, 2000) La cuentística de El Puente o los silencios del canon narrativo cubano (Aduana Vieja, 2016) y Por una Cuba negra. Literatura, raza y modernidad en el XIX (Editorial Hypermedia, 2017).

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