Entre cuerpos y sombras

David Tenorio

 Es un gran honor para mí poder celebrar junto a ustedes, aunque de manera virtual, el lanzamiento de la novela La noche es testigo del escritor e intelectual afrocubano Alberto Abreu Arcia, a quien agradezco la invitación a participar en este evento. Antes de dar paso a mi intervención, me gustaría felicitar al autor, por su perspicacia, iconoclasia, lúdica y sinceridad a la hora de abordar temas tan tristemente soslayados por la ya desgastada institucionalidad literaria del país. De igual manera, dedico estas palabras a todas aquellas personas que, por su preferencia sexual, expresión de género, color de piel, estatus socioeconómico, estatus migratorio, ideología o condición social, hayan sido o siguen siendo blanco de xenofobia alrededor del mundo.

Comienzo planteado dos interrogantes: ¿Cómo acercarse a la noche cubana? ¿Cómo plasmar sus texturas, volúmenes, movimientos, contradicciones, aromas o demás elementos que desbordan los marcos de la sensorialidad occidental o del deseo neoliberal, es decir, de aquellas maneras contenidas y privatizadas de sentir el mundo? Como lo indica el mismo título, La noche es testigo, va develando las coordenadas de una geografía del placer si bien cardenense, profundamente caribeña y cubana, mientras nos adentra de múltiples maneras a los recovecos nocturnos donde el erotismo, el sexo y el juego figuran más como posturas políticas de sentir el mundo que como metáforas de la noche. De la mano de la intrépida protagonista Diamante Negro, nos convertimos en testigos del deseo que construye y sostiene espacios como La Casona en Los Mangos, un espacio que “se transforma en un cementerio de semen y un reguero de condones” donde “cuerpos que no son cuerpos, sino una puesta en escena (la mirada de gata salvaje y el relleno en los pechos). Simulacro de curvas y sinuosidades que inspiran deseo y al mismo tiempo aturden” (7).

Bajo el manto lunar, los lugares comúnmente cotidianos se llenan de sombras. Una caricia, un cuerpo, una pinga o los roces fogosos del deseo dejan entrever las dinámicas de aquellas creaturas que oscilan entre la tertulia intelectual y el singar, pasando por el cachondeo. Así la escritura de Abreu nos invita a reflexionar sobre la nocturnidad como un espacio de posibilidad, es decir, sobre lo que supone asumir una postura disidente, negra y maricona, que tensa la relación que define Cuba y la noche, aludiendo a un tema que ha marcado el quehacer cultural de la isla desde la aparición de los Versos Sencillos de José Martí, con la frase célebre “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche” que pertenecen al poema III. Si la frase martiana afianza la melancolía de recordar la isla en la distancia, las coordenadas de una patria libre y soberana emergen en medio del sueño y del recuerdo. Así, la escritura de Abreu conjura lo nocturnino como antídoto contra la heteronormatividad criolla, expulsándola de la metáfora y reconfigurándola en tanto práctica espacial para aquellos maricones, travestis y bugarrones afrodescendientes que han hecho de la noche un espacio de soltura y libertad. Es entonces que las horas veladas adquieren una dimensión mucho más carnal ya que lo nocturno no solo emerge desde lo colectivo, sino que también se lleva inscrito en la piel. Así, la novela rescata un conocimiento encarnado que asume una dimensión lúdica. Dicho de otro modo, para entrar y poder vivir de noche, es necesario entregarse a ella. Y en esa entrega donde la racionalidad de lo visible queda hundida en la penumbra, que el sentir nocturno emerge como potencia política de acercarse al mundo de otra manera. La noche, nos susurra el autor con sus palabras, es también un espacio donde el conocimiento se forja a partir del encuentro, el desbarajuste, el dolor y el placer, borrando los principios epistemológicos del rigor, de la objetividad y la evidencia racional de la blanquitud. Porque para agarrar, primero hay que sentir incluso cuando no se tiene idea de lo que siente sino de lo que se palpa. No obstante, la noche no aparece romantizada ni como fantasía ni como utopía. Por el contrario, se muestra en todas sus contradicciones, sobre todo en un contexto como el cubano donde el colapso infraestructural, por llamarlo de cierta manera, forma ya parte de una lógica gubernamental mientras que se modifica, se explota y se privatiza el acceso al placer, como lo muestra el incidente de racismo que se dio hace algunos años en el mentado King Bar de La Habana. En este sentido, la novela apuesta por la noche como un laboratorio de experimentación colectiva y abierta, aunque contradictoria pues se forja tanto en el candor del fletear como en la agitada confrontación con el poder. La noche es, entonces, un espacio necesaria y constantemente en pugna.

A partir de estos roces, choques y toqueteos, el autor expone los procesos de racialización, marginalización y exclusión que sufren los cuerpos afrodisidentes sexuales, agregando así al trabajo intelectual que Alberto Abrue Arcia ha realizado en torno a la recuperación de una memoria afrocubana, como en Por una Cuba negra (2017), Los juegos de la escritura o la (re)escritura de la Historia (2007) o el ensayo “Soy, me pienso y hablo como homosexual negro” (2020), donde arremete contra la estratificación sexual, intelectual, socioeconómica y política a la que son sometidas las personas afrodescendientes y sexo disidentes en la Cuba actual o en palabras del escritor, “vivir como negro y homosexual supone una postura política doblemente desafiante, por cuanto interpela a la heteronormatividad y sus diseños racializados.”

En cuanto a su estructura, el autor logra plasmar el carácter lúdico del placer sexodisidente a la hora de combinar géneros, estilos y temporalidades en su composición. Más allá de profundizar en las intrigas entre personajes, la novela se alza como una especie de síntesis maricona de la literatura cubana del siglo XX, jugando y meneando la presencia de Carlos Montenegro, José Lezama Lima, Antón Arrufat, Reinaldo Arenas o Tomás Fernández Robaina. Al conjurar el juego, se invoca así a la particular figura de Virgilio Piñera, cuya poética se afianza en lo carnal y en lo absurdo como médula de la escritura. La escritura así responde al juego, pero no con el fin de ganar o perder, como lo asevera Piñera, sino como práctica liberadora, el juego por el juego, o como lo diríamos nosotras las locas, “como la traiga, a lo que le huela, a lo que le sepa y aunque me sangre”.

Al final, nos encontramos junto a Diamante Negro, Electra o Abelardo con “la sensación de estar fuera de lugar,” en un territorio donde los límites se vuelven borrosos, preguntándonos si algún día dejaremos de mirar a la portañuela de los hombres sin sentir ganas de mamárselas” (181).

Publicado por afromodernidad

Intelectual afrocubano, activista contra la homofobia y la discriminación racial. En el 2007 obtuvo el premio Casa de las Américas en ensayo artístico literario por su libro Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Ha publicado otros libros como: El gran mundo (cuentos), Virgilio Piñera. Un hombre una Isla (Premio UNEAC de ensayo, 2000) La cuentística de El Puente o los silencios del canon narrativo cubano (Aduana Vieja, 2016) y Por una Cuba negra. Literatura, raza y modernidad en el XIX (Editorial Hypermedia, 2017).

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